En un avance significativo para la gestión agropecuaria de las zonas semiáridas, un equipo de investigadores argentinos ha logrado derribar un mito sobre el crecimiento de las pasturas en el centro del país. Según un estudio basado en simulaciones de largo plazo, el nitrógeno es el factor que más condiciona la productividad de la Panicum coloratum, una gramínea esencial para la dieta bovina.
Los números de la brecha productiva
La investigación comparó escenarios de máxima optimización contra situaciones de escasez de recursos. Los resultados fueron contundentes:
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Potencial máximo: Con agua y nitrógeno ideales, la producción alcanzó las 22 toneladas de materia seca por hectárea.
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Escenario de escasez total: Con limitaciones de ambos recursos, el rendimiento cayó a 8 toneladas, una pérdida del 64%.
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El factor nitrógeno: Cuando solo faltó nitrógeno, la producción bajó a 13 toneladas.
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El factor agua: Cuando solo faltó agua, la producción fue de 15 toneladas.
«El modelo nos permitió ver que, a escala temporal amplia, el nitrógeno explica una mayor proporción de la variabilidad en la producción que el agua», explicó Karina Frigerio, investigadora del INTA San Luis. Esto resulta sorprendente, ya que en el día a día del campo suele percibirse a la lluvia como el único motor del crecimiento.
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Un cambio en la estrategia de manejo
La importancia de este hallazgo radica en la toma de decisiones del productor. Si bien el clima es una variable que no se puede controlar, la disponibilidad de nutrientes en el suelo sí es gestionable.
Germán Berone, especialista del INTA Balcarce y colaborador en el proyecto, destacó que estas herramientas de simulación son vitales para la planificación ganadera moderna. Los expertos coinciden en que optimizar la fertilización o mejorar el reciclaje de nutrientes en el suelo podría «cerrar la brecha» de rendimiento, permitiendo que los sistemas ganaderos sean más sostenibles y productivos incluso en años de bajas precipitaciones.
















































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